La vez que ayude a encontrar unos restos óseos del conflicto armado.
Todo empezó a las 6:00 de la mañana del 10 de septiembre del 2022 en el semáforo de la carrera 27 con calle 48 de Bucaramanga. Ese era el punto de encuentro con la profesional Marina Arévalo, directiva de Confecoop. Nos dirigimos a la capacitación gratuita sobre cooperativismo dirigida a los campesinos del Corregimiento de Cachiri en el municipio de Suratá que impartiría Marina. Para esto, iniciaremos la travesía por una trocha en pésimas condiciones olvidada por el estado, que queda saliendo por el norte de Bucaramanga, en un sector de gente trabajadora, pero con múltiples vulnerabilidades socio económicas. El corregimiento de la provincia de Sotonorte en Santander, se ubica a 2 horas y media de Bucaramanga.
El recorrido inició en La Playa,
jurisdicción de Charta, sector fuertemente afectado por el último invierno de
meses atrás que derrumbó un puente vehicular que es paso obligado para dicha
provincia. La solución temporal ejecutada por la Gobernación de
Santander fue instalar unos tubos que son arrastrados por el río cuando el
caudal aumenta en volumen y fuerza. La vía cierra con cada crecida, mientras
que los habitantes de La Playa y sus alrededores esperan una actuación
definitiva por parte del gobierno.
La primera parada obligatoria fue
en Matanza para desayunar. Un restaurante local nos permite disfrutar de un
suculento desayuno. Saliendo del restaurante, Marina Arévalo pregunta por el
estado de la vía y la seguridad a un transeúnte quien le responde que regular,
razón por lo cual Marina se asusta un poco. Para tranquilizarla opto por decir
que el señor no quiere mucho a la gente de Cachirí, "riñas locales".
Seguimos por la trocha, metiéndonos al bosque alto Andino previo a la zona de páramo, y nos adentramos al municipio de Suratá, bello pueblo de casas blancas y clima frío. Siguiendo el camino a Cachirí, nos encontramos con los predios que la Alcaldía de Bucaramanga compró para protección de fuentes hídricas que abastecen al Río Suratá y al Río Frío. Esta cuenca hidrográfica provee de agua a Bucaramanga y a sus más de 50000 mil habitantes. En la zona se ven invernaderos de Tomate y cultivos de maíz, arracacha y ganado lechero.
Llegamos al alto de La Laguna, el punto más alto de la vía, donde comienza el descenso a Cachirí. Aproximadamente después de media hora paramos en la tienda Peñitas, donde Manuelito nos realiza una genuina bienvenida. Aprovechamos también para observar la bella panorámica de Cachiri allá en el fondo del cañón que forma el río que lleva el mismo nombre. Manuel nos enseña su cerveza artesanal a la que ha llamado Galafarda, en honor a los mineros artesanales que trabajan en viejas minas de oro y en las minas abandonas por las multinacionales, a los que se les conoce por dicho nombre. La Galafarda se prepara con agua procedente de manantiales naturales y puros del páramo de Santurbán, sin contaminantes, y con características que le dan un saber único y delicioso a su producto artesanal.
Seguimos nuestro camino al
corregimiento de Cachiri donde nos esperaba Elder, un productor de miel
propietario de tierra en el páramo de Santurbán, junto con 12 campesinos de
diversas veredas de la zona. Hombres y mujeres productores de diferentes
alimentos como yogurt, mora, arracacha, maíz, fríjol, entre otros, que desean asociarse
en una cooperativa que les permita comercializar sus productos a precios justos,
con denominación de origen, además de dejar de ser abusados por los
especuladores que le compran barato al campesino y venden caro en la
ciudad.
Los campesinos escuchan la charla
atentamente, algunos desde la desconfianza generada por las falsas promesas de
políticos y fundaciones que, además, aprovechan para “legalizar” dineros con
capacitaciones. Otros, por el contrario, escuchan a Marina con expectativa y
desde la esperanza de que el cambio también va llegar a la Colombia lejana. La
capacitadora les deja claro que solo el pueblo salva al pueblo y, que de
la organización y trabajo de ellos mismos depende que la cooperativa que
potencialmente nazca llegue a buen puerto para el bienestar de la región.
Se termina la charla entre abrazos y sonrisas, Marina y su equipo regresan a Bucaramanga, mientras que yo decido quédame unos días en el pueblo visitando viejos amigos.
En una de las visitas que realizo,
una anciana laboriosa y atenta que conoce a unos familiares, me comenta la
historia de su vida y de su matrimonio con su amado esposo. También me deja
conocer de aquella época en la que la guerra estuvo en la zona, lo que
sufrieron, sus frustraciones y el temor a los diferentes actores armados que
imponían la ley del fúsil, algunos de orden estatal otros de carácter
insurgente. Su memoria olvida hechos cercanos, pero no hechos impactantes que
la marcaron. Y es que, como olvidar la “operación Berlín” y la zozobra del
pueblo cuando una columna guerrillera que venía desde la antigua zona de
despeje de San Vicente del Caguán, pasó por el territorio con rumbo a la región
del Catatumbo, mientras el pueblo veía que gran parte de sus miembros eran
niños y niñas llaneros que no conocían las difíciles condiciones del páramo.
Como era de esperar, aquellos infantes fueron presa fácilmente neutralizada por
el ejército. Recordamos entonces como en esa época el ejército veía a los
campesinos como el enemigo interno, y la insurgencia se proclamaba como la
autoridad del campo, dejando al pueblo entre la espada y la pared, campesinos
honestos y trabajadores fueron reclusos en esta guerra ajena que los alejó del
progreso.
Junto a su hijo me comentan la historia de la calavera, sucedió hace pocos años, dice ella, varios más, asegura su hijo. <<Cuando transportaba unas vacas en un potrero, me encontré una calavera, al repararla me pareció de alguien joven. Hice una oración entre susurros, le eché agua bendita. Poco después se lo comenté al presidente de junta de acción comunal de la época, pero él no pudo hacer mucho, ya sea porque no sabía cómo o por el miedo que mandaba en la zona>>, me dijo. Seguramente la recuperación de esos materiales óseos hubiese permitido que algunos familiares encuentren a su desaparecido, que tristeza. <<yo creo que fue de unos muertos que hubo arriba, en esa época los chulos y los perros hacían banquete, y los cuerpos rodaban por las peñas>>, aseguró.
Con el sentimiento de curiosidad
y desconsuelo por los familiares, les propuse a algunos locales que conocían la
historia, y más o menos ubicaban la zona donde posiblemente estaban los restos,
que emprendiéramos un viaje para buscarlos. El hijo de la señora, que para la
época del descubrimiento era un niño, me comentó que él también vio la calavera,
y que, según recuerda, se notaba que era de alguien joven por su composición.
Tras su aceptación arrancamos la travesía hacia el sector en mención. Nos
armamos de machetes y un palín, pues en la actualidad el sector es un rastrojo.
Uno de los locales, el que más conocimiento tenía, tomo el liderazgo, nos
indicó la zona y empezó la búsqueda. La primera media hora sin éxito empezó a
generar dudas y la idea de abandonar la búsqueda rondó por algunos de los presentes
pues las probabilidades eran pocas. La vegetación y la pendiente del terreno
dificultaban la labor, y yo, que nunca me había visto expuesto a este tipo de
vivencias, ponía todo mi esfuerzo mientras oraba mentalmente para que lo
encontráramos. Sabía que nuestro éxito supondría que una familia descansara
encontrando a su familiar desaparecido en la guerra.
Tras esa primera media hora, en
un talud o peñita, en medio de unas raíces encontramos el cráneo. Mi corazón se
aceleró y grite aquí está. Mis compañeros abandonaron la búsqueda y se
acercaron a confirmar el hallazgo. <<Sí, es ese, el tiempo y clima lo han
deteriorado mucho, pero ese es>>, dijo el hijo de la señora. Hicimos una
pequeña oración, lo cubrimos con un plástico para protegerlo del clima e hicimos
una gruta con piedra, pusimos una cruz de madera y nos regresamos a la casa
hablando y reprocesando lo que acabábamos de vivir.
Me quedé otros dos días en Cachirí. Viví momentos alegres, visitando alejadas fincas sin señal de celular y con poca luz eléctrica, donde las luciérnagas compiten con el cielo estrellado. Conocí muchos viejos que narraban sus historias de guerras, espantos, fiestas y familias. Realizamos una jornada frustrada de pesca de trucha. También, conocí a un joven que le apuesta a la agroecología y a la producción de miel, lo cual me alegró bastante, espero que progrese en sus proyectos alternativos y amigables con el medio ambiente. Sin embargo, en mi memoria rondaba una y otra vez el tema del cráneo encontrado.
El último día de mi regreso, uno
de mis amigos me llevó a Suratá en moto por esas empinadas trochas. En Suratá
unos recién conocidos me brindaron tinto y arepa de trigo mientras esperaba el
bus de la flota Cachira con destino a Bucaramanga. Después de 2 horas de viaje,
llegamos a la terminal de la flota en la convulsionada carrera 16 con Quebrada Seca
en Bucaramanga, tomé un taxi a la casa de mis padres y les conté mis
experiencias que escucharon con atención.
En Bucaramanga conversé del tema
con algunos políticos locales con el fin de encontrar un puente con la Unidad
de Búsqueda de Personas Desaparecidas. Mis conversaciones no tuvieron el éxito
esperado. En memoria del desaparecido decidí no rendirme, entonces contacté a César
Torres, columnista de la Nueva Prensa, quien diligentemente estableció contacto
con la Unidad, y en pocos días un funcionario de la misma se comunicó conmigo
para indagar por el hallazgo. Le relaté la historia, me solicitó fotos y coordenadas.
Le conté que en el momento no había querido tomar las fotos, pero que en cuanto
a las coordenadas las gestionaba con la gente en el territorio para que los
llevaran al lugar y realizaran la toma. En cuestión de días y, a pesar de las
limitaciones de conectividad, me compartieron las coordenadas y fotos. El
funcionario de la Unidad me comentó el procedimiento interno para la
realización de la búsqueda. Días después me contó que la búsqueda había sido
aprobada y que tenían fecha tentativa. A pesar de que quería ir, tenía unos compromisos
laborales que me lo impidieron, pero realicé el enlace con los habitantes de la
zona quienes harían el acompañamiento a la búsqueda. El día 2 de noviembre, los
profesionales de la Unidad llegaron a Cachirí. Ellos, con la experiencia de otros
cientos de búsquedas por el territorio nacional contaban con la herramienta
adecuada y un dron que llamó la atención de los pocos lugareños de Cachirí.
El resultado de dicha búsqueda se oficializó el día 18 de noviembre en el twitter oficial de la Unidad con la siguiente información “#LaBúsquedaNoSeDetiene La @UBPDcolombia recuperó, en el corregimiento de Cachirí del municipio de Suratá, los cuerpos de tres personas presuntamente dadas por desaparecidas que pudieron morir durante las hostilidades del conflicto armado en el departamento de #Santander.” La sorpresa fue mayor, no solo era una persona, si no que en la exhaustiva búsqueda encontraron los restos óseos de dos personas más. Sigo orando a Dios porque encuentren a sus familias y puedan darles la sepultura que desean, cerrando así el duelo por su familiar desaparecido. Los cuerpos ahora están en la institucionalidad y no en un potrero donde los trille el ganado.
https://twitter.com/UBPDcolombia/status/1593590608249208916





Buena mi hermano tremenda experiencia, Dios quiera encuentren los familiares, espero la 2da parte.
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